Y la parábola del cantero.

O de los canteros, porque en realidad son muchos. Y un peregrino.

Tomamos nuestra máquina del tiempo y nos transportamos a una época de caminantes, canteros, y otros paisajes. Más naturales, sin tanta tecnología. Observamos a un peregrino, que recorre el mundo en busca de experiencias y aprendizajes. Un personaje curioso, que vive frugalmente de la limosna, pues el alimento del cuerpo es menos importante que el del alma. Un personaje preguntón, como aquel filósofo que enseñaba a su alumnado paseando, a base de diálogos, preguntas, motivándolos a descubrir la verdad de las cosas.

Sigo con la parábola, que me enrollo. El peregrino, en su caminar, llega a una cantera. Un espacio enorme abierto en la montaña, donde muchas personas arrancan piedras sin descanso. Ve un grupo de canteros, se acerca, les pregunta: «Buenos días, señores. ¿Serían tan amables de decirme qué están ustedes haciendo?».

Uno de ellos le responde airado. «¿Que qué hacemos? ¿Pues no lo ve? Aquí sudando y destrozándonos las manos y el cuerpo, en este trabajo inhumano. Con calor o con frío, aunque llueva, y por poco dinero, nos dejamos la piel tristemente. Esto no es vida, esto es un infierno.»

El peregrino asiente y agradece la explicación. Se despide, y sigue caminando por la cantera. Se encuentra con otro grupo de trabajadores. Les hace la misma pregunta: ¿qué hacen ustedes? Uno de ellos le responde amablemente: «Pues mire, señor, trabajamos la piedra. Es un oficio humilde y mal pagado, pero nos da suficiente para comer y alimentar a nuestra familia. Es duro, pero al menos no estamos parados.»

«Gracias por la explicación, buen hombre.» Y continúa su camino, el peregrino.

Y como no hay dos sin tres, caminando caminando, nuestro protagonista se topa con el tercer grupo de canteros. Y para reforzar su aprendizaje, les repite la pregunta. A lo que recibe una respuesta espectacular. «¿Que qué estamos haciendo? ¡¡¡Una catedral!!!»

Con la lección aprendida, volvemos en la máquina del tiempo a nuestras aulas universitarias del siglo XXI. Y es cuando me dirijo a mi alumnado. «Vais a ser canteros, pero no con piedras, con adolescentes. QUIERO CATEDRALES. Si este oficio no os emociona, mejor dejadlo. Porque un docente sin vocación, puede hacer mucho daño.»

Necesitamos maestros canteros que cada día salgan de su casa pensando en la super catedral que van a construir ese día. Yo llevo años construyéndolas, y cada día más feliz de haber elegido este camino. Ayer mi padre me decía que qué acierto haber estudiado el CAP al terminar Bellas Artes. Está contento porque sabe que yo lo estoy. Como artista también disfruto, aunque es algo más solitario (y eso que me encanta pintar con músicos en directo, jeje, otro día lo contaré). Pero la energía que se recibe del alumnado, tenga la edad que tenga, recarga las pilas y rejuvenece. Sobre todo, si te recuerdan, si te agradecen tu labor, y si los ves disfrutar con tus clases.

Desde aquí unos besos de colores a todo mi alumnado, pasado y presente. Vuestra maestra agradecida por tan lindas catedrales.


Descubre más desde AGILA. ESPACIO DE INNOVACIÓN DIDÁCTICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Published by

Categories:

Deja un comentario