Nuevos proyectos, nuevas aventuras, ¡la vuelta al mundo! Con la misma ilusión de siempre, todo el verano preparando las etapas del viaje, los textos, las imágenes, las tareas. Me encanta programar las clases.
Al mismo tiempo, recuerdo los cursos pasados, los alumnos que ya no están, las maravillas de trabajos que hicieron, lo mucho que me enseñaron. Insisto, ÉSTE ES EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO. Para mí, claro, jajaja. Cada cual pensará que el suyo es el mejor. Y así debería ser. Disfrutando del trabajo, se convierte en placer. Eso ya lo dijo alguien hace mucho, pero como sigue siendo verdad, lo suscribo.
En esto de recordar, soy una experta. Es lo que tiene haber vivido ya tantos años. Jejeje. Y los que me quedan. Amenazo con vivir muchos, y aunque me jubile pronto del puesto docente en la universidad, me quedará mi escuelita y mis estudiantes adolescentes, que son los que más energía me transmiten. Y juventud.
Hablando de recuerdos en las aulas, hoy he hablado con amigos de los truquillos de hace veinte años para motivar al aprendizaje, cuando todavía no se había descubierto la «gamificación». O no se llamaba así al hecho de enseñar jugando. Porque se hacía, siempre se ha hecho. El palabro americano es nuevo pero el hecho en sí, no. Siempre ha habido profes que han enseñado los números (o cualquier otra cosa) con canciones, con bailes, con poemas, con juegos de dados, de cartas, con magia, con gymkanas, con búsquedas del tesoro, con concursos de preguntas y respuestas, con pruebas físicas, hasta con películas.
Y por supuesto, con obras de arte. Si algo «no parece» una lección aburrida, a lo mejor capta la atención y resulta que se aprende fácilmente. Si algo «parece» un juego, quizás genere interés en jugar y averiguar qué es eso que nos quiere transmitir el profe. No es engañar, es enganchar. No es una lección, es una EXPERIENCIA. O situación de aprendizaje, como se dice ahora.
El caso es romperse un poco el coco y diseñar momentos interesantes. Y acertar, claro, que a veces piensas que has creado algo super chulo, y tus estudiantes ni se inmutan. Desagradecidos. jajaja
Pero no por eso hay que rendirse ni agobiarse, qué va. Se supera, todo se supera. Si hay que hacer cambios para mantener la atención, se hacen. Lo mejor es preguntarles qué les motiva, para ir sobre seguro. Ofrecer opciones (que también te gusten a ti, no hay que ser masoquista ni merece la pena sufrir). Y de esas opciones, pues la que más les interese. El caso es generar ilusión por descubrir. El conocimiento está en todas partes, y sirve para muchas cosas. A veces pasa incluso al revés, algo que piensas que no van a hacer mucho caso, provoca reacciones y debates que te sorprenden. Ese día, éxito total, recargamos pilas y dormimos como angelitos. Nuestro esfuerzo ha obtenido su recompensa.
A ver qué tal se nos da este año la «pedagogía cooperativa» que vamos a poner en marcha. Otro concepto «very cool» que también es más antiguo que los polvorones. Los mayores van a enseñar a los pequeños. Como se hacía antes en las familias numerosas, vamos. O en las escuelas rurales bien organizadas. O en los gremios, con los aprendices. En fin, lo de toda la vida. Algo que en un colegio grande y dividido en aulas con edades iguales, no se puede. Pero los grupitos de Agila en Casa son así, multi-edades. Como una gran familia.
Pues eso, que tengo unas ganas locas de empezar el viaje escolar. Ya iré contando cómo subimos y bajamos montañas, surcamos mares (me recuerda la historia de «Marco») y sorteamos peligros. Conoceremos secretos de países lejanos, curiosidades, maravillas, ¡oooooh qué ganas! Jajajajajaja. Si esto no los motiva…
Aquí lo dejo por hoy, más noticias en próximos relatos agileros. ¡Hasta prontooooooooo!


Deja una respuesta